Desde que me acomodé en la intransferible butaca
Desde que me acomodé en la instransferible butaca
de la primera fila, donde me espera la irremediable
hoja de la guadaña de la necesaria amiga,
me voy azuzando con la idea, de lo amable
y satisfactorio que puede llegar a ser
sentir mi vida pese a su brevedad cumplida,
hacerme ver que la muerte
concreta y absoluta no es un mal,
si no por forzosa es enriquecida
por cada nueva víctima de lo inevitable,
en verdad me sigo desalojando de ansiedad
pero presiento que el cortejo fúnebre
me pillará con las bodegas colmadas de presentes
y si una cruel enfermedad no lo evita
con una memoria viva en una esperada vejez
aún ausente pero repleta de asombro y vida.
Y llegado ese momento donde culmina
la acción benefactora de la sublime
hacedora y convierta en pasado mi presencia
caudalosa en memoria de nostalgias e ilusiones
donde quedará ubicado el soporte
de mis miedos, angustias y esperanzas,
en qué estadio luminoso o ausente
reposará por siempre la delicada
etérea y humana carga de mis alforjas,
ésa que mostrará de forma indeleble
la calidad de mis acciones pasadas
preparadas para la decisión sublime,
qué avatares acompañará la insigne
marcha de mis rastros, víctima
de lo perecedero y lo irremediable,
en qué luz atracará mis nostalgias.
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